21- “La puerta de atrás”
“El pueblo no está con nosotros pero debemos buscarlo”. PAUL KLEE.

Permítame que le cuente una historia o, por lo menos, el fragmento de una historia;
en fin, mi película.

 

Lo hago por tres razones:

1. Porque me han concedido una Beca estupenda y me siento audaz.
2. Porque no es habitual que el autor explique algo que –se supone- ya está
expresado en sus pinturas. Dar explicaciones, evidenciar intenciones y aportar
claves clarificadoras parece que nos violenta, ya que nuestro trabajo ha de seducir al
espectador. Y si la seducción se puede considerar como el arte de no enseñarlo
todo, lo prudente sería cerrar la boquita y dejar correr el misterio que pueda albergar
la pintura.
También es sabido que siempre es mejor permanecer callado –aún a riesgo de
parecer estúpido- que abrir la boca –y despejar todo tipo de dudas. Esta vez me
arriesgaré.
3. Porque si usted no quiere saber nada de estas explicaciones –por redundantes-,
siempre puede saltarse la lectura de este texto y quedarse con los cuadros.

Ahí van los hechos:
La parte que nos interesa comenzó hace algunos años, pintando unos hombrecitos
que portaban antorchas. Éstas les iluminaban el camino y podían así seguir
adelante, de la misma manera que nuestras ideas, sueños e ilusiones, alumbran
nuestras vidas. La metáfora estaba servida.

De las antorchas sale humo. Pronto dejé de representarlo con trazos de óleo, para
aplicarlo directamente acercando velas y pequeñas antorchas reales a la superficie
de los lienzos. Alguien me dijo que esta técnica se llamaba Fumagge. Actuó como
una droga: de entrada, satisfactorios resultados plásticos, que cada vez pedían un
poco más. Hasta el humo, cuando le das la mano se toma el brazo entero. Y se
reveló e inundó progresivamente las atmósferas de los espacios por los que se
movían mis personajes, metiéndose en sus pulmones.

Un buen día, no sé muy bien por qué, me miré en el espejo de mis cuadros y apenas
–o mejor: a penas- me vi reflejado. Allí no había más que humo, más humo y, un
poco por debajo, otras cosas. Gran parte de la vida de mis cuadros había sido
tapada por el producto de una combustión. Evanescente, efímero, asfixiante y, sobre
todo, negro. Traté de justificarme pensando que, aún así, eran atractivos. Sí, lo eran.
Pero también resultaban tristes, melancólicos y grises.

No conseguí pintar con humo de colores. Definitivamente, algo empezó a oler a
quemado. Acabé por no identificarme con mis solitarios y tristes personajes, y decidí
no darles más cancha.

Empezó el período de desintoxicación. Estaba clavado en el lodo (todavía
humeante, claro) y busqué y busqué un vehículo expresivo que me sacase de allí.

Así me encontré con los “cochecitos de choque”. Simples pero sólidos y bien
diseñados. Ágiles y a prueba de golpes. Además, eran de colores. Como también llevaban faros para alumbrar el camino, a mis hombrecitos les gustaron mucho y
gastamos juntos algunas fichas: carreras, trompos, maniobras varias, algún que otro
golpe y, sobre todo, bastante cachondeo.

Otra excusa –perdón, quise decir metáfora- para pintar unos cuadros y seguir en
movimiento.

Para bien o para mal, hasta de lo bueno se aburre uno, si lo convierte en rutina; de
manera que no compré más fichas de colores. Pero quedé convencido de que esa
era la dirección a seguir, si quería dejar definitivamente atrás aventuras oscuras y
tristonas.

Desde mi pintura figurativa, si pretendía comunicar algo, esbozar narraciones y
sugerir sensaciones ¿por qué no elegirlas alegres y optimistas? Yo no quería ser el
pintor que, a modo de exorcismo, descarga todas sus miseria en el cuadro que, a su
vez, se las pasará al espectador. Considero que cada cual ya tiene bastante con lo
suyo.

- Que hay muchas cosas en esta vida que hacen que huela a mierda, es
evidente. Pero también me parece que hay otras tantas cosas que hacen que
valga la pena.
- Que el Arte ha de reflejar su entorno y, si ha de ser veraz, no se le puede
pedir que sea siempre amable, es evidente. Pero también me parece que no
siempre es necesario que sea extremo, macabro o monstruoso.

Nos venden todos los días que las cosas cotidianas buenas y amables no tienen
interés, no son noticia, no llaman la atención y, por ello, son aburridas. El
aburrimiento es una cosa que, hoy en día, difícilmente se perdona.

A lo largo de la historia, una parte importante de la pintura se ha movido bajo esos
parámetros. Esto se hace más evidente desde que las dos Guerras Mundiales y el
supuesto progreso de la humanidad, pasaron por encima de nuestras cabezas y –
coja aire- hasta hoy proliferan: las violencias y tensiones domésticas y sociales,
individuos alienados y extraños, seres tristes y solitarios, aislamientos voluntarios,
huídas al vacío, caos, miseria, suciedad, pobreza, muerte, hambre, persecuciones,
fuerzas opresoras, oscuridad, indefensiones, lejanías, olvidos, pérdidas, rutinas
enfermizas, obsesiones patológicas, miedo, desasosiego, demonios,
autoagresiones, gritos, muchos gritos…

Como dice el proverbio chino: si tu problema tiene solución ¿por qué te quejas? Y si
tu problema no tiene solución ¿por qué te quejas?

Debo ser un caso claro de pérdida de fe, pero no creo que quejándome con mis
pinturas vaya a ayudarme o a ayudar a los demás. No creo que señalar, que
denunciar para concienciarme o concienciar, que quejarme en definitiva, sea
suficiente a la hora de combatir la oscuridad; si puedo atacarla aportando luz. No
creo que regodearme en los lodos y miserias humanas sea sano, si no intento
aportar una solución alternativa.
No quiero inventarme una realidad publicitaria de familias felices comiendo perdices.
No quiero pintar ninfas en un paraíso bucólico. Sólo quiero salvar lo que pueda.

Por supuesto, estoy hablando de mí y mis elecciones. Me parece perfecto que los
demás elijan sus opciones, siempre que sean honestas y no una pose de cara al
escaparate. De todas formas, ni una ni otra (ni otras posibles de esas opciones)
garantizan el éxito a la hora de pintar un cuadro.

Perdón, que me estoy dispersando. Acabo ya.

Supongo que, a estas alturas, viendo que el texto se termina, ya empezará a
sospechar que le he engañado un poco. Y lo que al principio anuncié como “mi
película”, es una especie de documental de Por qué se hizo… Pero espero que, de
todas formas, le haya aclarado algo.

Ya sabemos que la verdadera película se titula Las luces del camino. Empieza sin
personajes, presentando algunos espacios, a los que más tarde se irán incorporando
los herederos de mis hombrecitos.

Resulta que –le voy a dar un disgusto- más allá de estas líneas de introducción, no
hay banda sonora con vos en off. Se la puede poner usted. Por no tener, no tiene ni
final, ya que acaba dando vueltas y con un saludo que huele a continuará.

Aún con todo, le invito a que la vea otra vez porque, a veces, aunque parece que no
hay nada nuevo por descubrir, siempre queda mucho viejo por entender.

Que usted lo disfrute.

Yo así lo he hecho pintándola. Y no pienso avergonzarme.